Todo ser humano necesita pertenecer y creer. Tal vez nuestras elecciones puedan parecer disparatadas o filosofías extrañas a otros, pero hablan inexorablemente de nuestra innegable necesidad de tener comunidad con otros y participar de un sistema de creencias.
Desde la biología nuestro diseño marca la interdependencia con otros seres vivos, y la imposibilidad de vivir, protegerse y sobrevivir si caminamos solos o por cuenta propia. No es muy diferente en la dimensión del alma, que los griegos llamaban "psique". Nuestra funcionalidad social, emocional e intelectual depende del grado de interacción constructiva con otros seres humanos.
Pero convivir no es fácil. Implica riesgos que no todos están dispuestos a tomar. Sin embargo, la opción es más negativa que positiva. Pero, ¿Cómo aprendemos a establecer relaciones positivas y productivas con los demás?
Algo que he aprendido con los años es a respetar las necesidades espirituales y emocionales de quienes me rodean, sean ateos, cristianos, agnósticos o de otras doctrinas confesionales.
Conforme pasan los años, mi interacción constante con miles de líderes en la consultoría y el coaching me ha demostrado que hemos sido diseñados desde el ADN para relacionarnos de manera significativa unos con otros, y llenar un vacío en nuestro interior que tiene forma divina.
Unas veces por malas experiencias, otras por heridas y resentimientos, y a menudo por ignorancia no emprendemos el humilde camino de aprender sobre el origen de nuestras necesidad interior y como satisfacerla saludablemente mediante inversiones importantes de tiempo, energía e intencionalidad en nuestras relaciones íntimos, cercanas y públicas.
Esto no se limita a la dimensión secular donde la espiritualidad es tratada con negligencia, ignorando que ésta es una dimensión humana distinguible que también debe desarrollarse. No resulta extraño, entonces, que cuando viajo y comparto con creyentes y no creyentes, encuentro algo en común: Dios es el factor diferenciador en sus respectivas búsquedas. Se le niegue o se le acepte, El siempre aflora en todas nuestras búsquedas.
Estoy anonadado por la fragilidad de nuestra existencia, la necedad de nuestros actos y nuestra contradictoria superioridad ante un ser superior, creador. No somos mas que partículas en el universo existente, sin embargo actuamos con arrogancia como si el conocimiento humano o espiritual de la índole que sea nos posicionara como "dioses".
Casi todas las personas que encuentro son frágiles, emocional y espiritualmente, aunque se cubran con caretas de éxito y poder humano. Todos sabemos de nuestra vulnerabilidad, pero intentamos cubrirlo como si nos diera vergüenza. Pero, igual nos resistimos con frecuencia a establecer intencionalmente relaciones multidimensionales (física, espiritual, intelectual, emocional) porque demandan recursos que creemos escasos.
Mi convicción, sin embargo, es que todos podemos transitar esta vida temporal de dos maneras principales: con propósito reconociendo nuestra fragilidad y abrazando el único amor que es incondicional y eterno: el que Dios brinda a quienes lo aceptan como Señor y Salvador de sus vidas, o podemos resistir con escepticismo y autosuficiencia una explicación sobrenatural para nuestra existencia y propósito viviendo solo para nuestra satisfacción egoísta.
La primera ruta garantiza el desarrollo de relaciones significativas a lo largo de la vida que enriquecen nuestras capacidades, competencias y vida interior. La segunda en cambio, deviene en egoísmo, irracionalidad, problemas serios de temperamento, amargura y vacío.
Hay muchas filosofías que ofrecen alternativas para vivir, pero casi todas reconocen que sin descubrir nuestro propósito y pertenecer a una comunidad con base en un sistema de creencias que nos trasciendan física y espiritualmente el control sobre nuestra vida y destino será siempre frágil y problemático.
Ninguna creencia humanista y materialista puede suplir lo que mi relación con Dios me puede dar. Y la forma en que aprendo más efectivamente a conocer a Dios y reflejarlo es través de mis relaciones con otros significativos. Al fin y al cabo, tanto ellos como nosotros somos creación suya y eso nos sensibiliza sobre el valor de la vida y las personas en sociedad.
Sin relaciones humanos establecidas y desarrolladas intencionalmente con intencionalidad y humildad ninguna filosofía humana puede mostrar la plenitud de Dios dentro de un cuerpo humano como lo hace Cristo. Amar a Dios, me lleva a amarme a mi mismo, y entonces a amar a los demás como fruto multiplicador.
Juan Carlos Flores Zúñiga
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